viernes, 21 de febrero de 2014

Palabras 

Cuando las palabras no llegan a mi, solo muevo los dejos y me dejo llevar por ellas, antes era la pluma, ahora son las teclas, sea lo que sea, lo que se tenga en mano, se debe mover con rapidez para alcanzarlas, así esas palabras no se escapan de mí, no me huyen, no me abandonan, se queden impresas dentro, fuera, más allá de mi... 

Si simplemente las dijera, el viento se las llevaría y quizá yo nunca más las atraparía, serían sonidos sueltos en el aire, palabras inconexas, dislocadas, que navegarían de aquí para allá y de allá para acá, y en esas andanzas ¿a dónde llegarían? ¿cuál sería su destino? No, no puedo arriesgarme a que esos sonidos extraños se vayan, me dejen. Si se van, yo ¿con qué me quedo? Si las escribo al menos tendré ese recuerdo, podría revivir su sonido, revitalizar su significado. 

Por tanto, no puedo arriesgarme, tengo que escribirlas, atragantarme una una a ellas, aferrarme una y otra vez, tengo que escribirlas, tengo que hacerlo, no puedo permitir que se me vayan, que me dejen, que me abandonen y no regresen, no eso no.

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